¿Qué tienen en común Copérnico, Galileo y Kepler? ¿Sabías que Isaac Newton escribió poemas alquímicos? ¿Que Copérnico esperó veinticinco años a publicar su teoría heliocentrista por temor a las repercusiones que pudiera tener? ¿Que Robert Fludd usaba el canto para tratar enfermedades psicológicas y que leía tratados metafísicos a sus pacientes? ¿O que Kepler iba a incluir en su Misterio del Universo una introducción donde se mostraba la compatibilidad de la concepción copernicana con la Biblia? ¿Y que Tycho Brahe creó un espacio utópico paradisíaco basado en el saber científico y la mitología griega en la isla de Hven, actual Suecia?

El reconocimiento de un ámbito sagrado regido por una inteligencia divina nunca ha estado reñido con el estudio de las ciencias. Ello se debe a que existe un río subterráneo de conocimiento universal que las origina, y éste tiene raíces sagradas. Nos estamos refiriendo a la Tradición Hermética, corriente sapiencial nacida en Egipto que fundamenta su enseñanza en el saber revelado por el dios Thoth-Hermes. Galileo Galilei, Nicolás Copérnico, Johannes Kepler, Tycho Brahe, Robert Fludd, Elías Ashmole, Thomas Vaughan, William Lilly, Robert Boyle e Isaac Newton abrevaron en esta tradición y expresaron a su manera la posibilidad de trascender el cosmos mediante el estudio de cualquiera de sus partes.

¿Y cómo es esto posible, se preguntará el lector? Las ciencias son aplicaciones concretas a determinados aspectos de la realidad pero la metafísica las abarca todas, pues su naturaleza es ilimitada, y desde su punto de vista se puede acceder a comprender el todo mediante el estudio de una de sus partes. Tal punto de vista fue el que entrevieron los científicos aquí presentes y el lector está invitado a sumarse a él.

Se puede elegir entre seguir alimentando la vorágine tecnológica actual hiperestimulada por el desarrollo científico moderno o detenerse, escuchar los ecos de los hermética en las citas de los autores aquí presentes y acercarse a la paz y a la calma del eterno presente. Es nuestra decisión.


Pare ver la colección completa del Aleteo de Mercurio, ir a link del blog:
http://aleteodemercurio.blogspot.com/


Reseñas

HERMETISMO Y CIENCIA

Existe un hilo invisible que recorre la historia de Occidente, una cadena áurea de Conocimiento que la ciencia moderna ha querido sepultar.

Esta es la trama en la que nos sumerge Alberto Pitarch en su magnífica obra Hermetismo y Ciencia. Su principal protagonista, la bella y eterna Sabiduría. Su archienemigo, el jinete de la ciencia moderna que amenaza con apoderarse del Reino.

Más allá de un cuento de hadas, el autor nos relata cómo la ciencia actual, ostentando de una superioridad que se ha otorgado a sí misma en un acto de pura soberbia, ha ocultado y desdeñado la Tradición Hermética de donde se nutren sus raíces, dando lugar a un mundo sin alma, a un ser humano vacío, incapaz de reconocerse a sí mismo, incapaz de reconocerse en la unidad del Todo.

Para poder comprender cómo ha sobrevenido esta situación y asentar las bases del discurso que aquí se abre, Alberto Pitarch inicia este recorrido con un capítulo introductorio, donde define y aclara ciertos conceptos como qué es el verdadero conocimiento, qué es la ciencia y qué se entiende por filosofía, desde su sentido original que dista mucho del significado que le damos hoy en día.

También nos explicará cómo las sociedades arcaicas vivían en comunión con un saber sagrado, intrínseco al ser humano, para quien el cosmos era un ser vivo y unificado, y cómo la convivencia se desarrollaba en sintonía y armonía con el medio, pues lejos de querer hacer crecer las pequeñas individualidades, el hombre vivía acorde a su Ser, identificándose y reconociéndose en un Todo, reflejo de lo Inmanifestado, centro y origen de todo lo que es.

Pero nada escapa al devenir de los tiempos en este mundo formal. Todo es ritmo, todo tiene su pulso y todo tiene un ciclo. El Conocimiento ha corrido la misma suerte y con el paso del tiempo el saber científico, que en su origen era un medio intermediario para el reconocimiento de una realidad metafísica, se ha ido convirtiendo en una búsqueda exterior, desligada de la visión unitaria, generando fragmentación y el olvido del Sí mismo.

El autor sitúa la época de la Revolución Científica, en torno a los siglos XVI y XVII, como el momento en el que se produce el divorcio definitivo entre el Conocimiento y la razón, coincidiendo con el resurgimiento reciente de la Tradición Hermética (rama de la Tradición Primordial propia de Occidente).

Será en este punto cuando Alberto Pitarch nos presentará una serie de personalidades, algunos de ellos considerados padres de la ciencia moderna como lo fueron Nicolás Copérnico, Galileo Galilei, Johannes Kepler o el mismísimo Isaac Newton; nos hablará también de figuras como Robert Fludd o William Lilly entre otras, negadas por un estamento científico sobrado de ceguera e incomprensión; y le dedicará también un capítulo a la Hermandad Rosacruz que jugó un papel crucial en la transmisión de la Tradición Hermética.

Conducidos por Hermes (compañero y guía en toda esta historia, como no puede ser de otra manera), el autor nos sumergirá en los mundos mágico-teúrgicos de estos hombres y dilucidará que tras esas mentes asépticas y frías de lógica que la historia oficial nos ha querido vender, habían verdaderas almas movidas por el furor mistérico que buscaban el verdadero Conocimiento, solo accesible a través de los estados más sutiles y elevados del Ser, trascendiendo lo contingente para quedar fuera de toda dualidad y poder penetrar en el ámbito de la metafísica, valiéndose de la alquimia, la cábala, la geometría, la astrología y la matemática como herramientas intermediarias. Sin embargo, lo que nos ha llegado hoy en día es tan solo la plasmación numérica, física y mecánica, reflejo de ideas universales a las que llegaron estos hombres de Conocimiento, pero separadas de su origen sagrado, para darles un fin puramente utilitario y egoísta, acorde al momento cíclico en el que nos encontramos.

Hermetismo y Ciencia también nos invita a reflexionar sobre cómo este dogmatismo cientificista que todo lo cuantifica, lo pesa, lo segmenta, lo cosifica nos está conduciendo a una decrepitud intelectual, al egoísmo más pueril y a la inversión total, olvidando nuestro origen sagrado, buscando fuera de nosotros lo que tan solo podemos hallar dentro de nosotros mismos.

Pero a su vez, nos da pautas de cómo volver a esa Tradición Primordial que nunca desapareció; aunque estemos en un momento del ciclo en que la inercia parece arrastrarnos cada vez con más fuerza a la periferia y a la densificación, el acceso al verdadero Ser, puro e inmortal, es posible con entrega, concentración y dedicación.

Cabe destacar el gran trabajo de investigación y traducción llevado a cabo por Alberto Pitarch, sobre todo en materias tan complejas como la alquimia, la cábala, la astrología, o la propia metafísica, en las que estos personajes estaban dedicados en cuerpo y alma, siendo el eje principal y exclusivo de sus vidas; para lo que se requiere un gran conocimiento y comprensión de las mismas.

También es de agradecer al autor la transmisión y traída al presente de este gran saber que el lector podrá revivir a través de la historia de estos personajes y dejarse contagiar de ese Fuego por el que estos hombres de Conocimiento fueron imbuidos. Más allá del derrotismo que nos puede insuflar los tiempos actuales, la obra de Alberto Pitarch inspira al retorno a una Sabiduría sagrada dispuesta a ser revelada a aquellos quienes la aman.

Este es el fascinante y mágico viaje que Alberto Pitarch nos regala y al que nos anima a unirnos. Su lectura es entrar en un no tiempo, en un mundo otro, que inspira, contagia, encanta, donde el alma tan solo puede aletear de frenesí por ir al encuentro de la siempre bella y eterna Sabiduría.

Cristina Horta.

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El relato más extendido sobre el inicio de la ciencia moderna nos ha vendido un mito reconfortante pero incompleto: que nació de una ruptura abrupta y heroica con el pensamiento mágico, una suerte de “despertar racional” donde la luz de la lógica desterró las tinieblas de la superstición. Sin embargo, cuando se examinan los archivos privados, las cartas y las verdaderas obsesiones de los padres de la revolución científica, la realidad resulta ser infinitamente más fascinante.

En Hermetismo y ciencia, el investigador Alberto Pitarch levanta el velo del racionalismo ingenuo para mostrarnos que la física, la astronomía y la química modernas no surgieron del combate con el hermetismo, sino que se nutrieron de él. El mayor mérito del libro no es demostrar que “el hermetismo tenía razón”, sino que la historia real fue mucho más híbrida.

¿Qué es el hermetismo?

Reconozco que llegué a este libro con prejuicios y quizás me animé a leerlo por la calidad de la fuente. El hermetismo no es una colección de recetas mágicas o de astrología popular, sobre no sé qué de Hermes Trismegisto y no sé cuál del Egipto helenístico. Seguramente comparto con muchas personas que leen este artículo esa inquietud de quien capta cierto olorcillo a secta rara. Por ello, antes de adentrarnos en el viaje histórico, es imprescindible definir el terreno. No, no hablaremos de horóscopos ni de rituales extraños, sino de una estructura de pensamiento que, guste o no, fue uno de los andamios sobre los que se construyó buena parte de la ciencia moderna.

En su núcleo, el hermetismo plantea un modelo analógico de la realidad fundamentado en la correspondencia entre el macrocosmos (el universo) y el microcosmos (el ser humano): la máxima de “como es arriba, es abajo”. En un momento en el que la ciencia aún no se había atomizado, esta tradición entendía el universo como un tejido vivo y unificado. Lejos de concebir la naturaleza como un engranaje mecánico e inerte, la interpretaba como una estructura orgánica e interconectada.

Bajo esta perspectiva, la realidad física no es muda. El universo funciona como un gran mecanismo lleno de patrones y conexiones que el ser humano puede llegar a comprender si une dos cosas: un estudio matemático y lógico muy riguroso junto con su propia capacidad de asombro y observación atenta de la realidad.

La editorial

Antes decía que para tragarme semejante tocho ha sido fundamental la fuente. El libro ha sido publicado por la editorial zaragozana Libros del Innombrable, dirigida por Raúl Herrero, dentro de la colección “Aleteo de Mercurio”. Tanto la editorial como la colección y el propio autor se sitúan en un espacio intelectual muy definido. Frente al mercantilismo cultural y las modas ideológicas, esta colección reivindica un hermetismo de carácter sapiencial, artístico y ontológico.

De la revolución celeste a la gravedad oculta

Superados los prejuicios acerca del hermetismo y de la fuente, nos centramos en su autor. Para sostener sus tesis, Pitarch no recurre a la fe ni a la abstracción; recurre a la historia pura y dura. La idea principal que recorre cada página es que el verdadero progreso humano ocurre cuando la ciencia y el asombro por “lo sagrado” van de la mano. Conviene explicar qué es “lo sagrado”: es una actitud mental y existencial ante la naturaleza compartida por todos los sabios que dan cuerpo al libro, de Copérnico a Newton. Así, Pitarch estructura su ensayo en un viaje cronológico impecable a lo largo de los siglos XVI al XVIII. Algunas de las ideas que documenta con abundantes fuentes son las siguientes.

Nicolás Copérnico, al colocar al Sol en el centro, además de resolver uno de los problemas científicos más decisivos de todos los tiempos, rescató la teología heliocéntrica del hermetismo; de hecho, tardó más de dos décadas en publicar sus teorías por miedo al pensamiento imperante. La impresión que deja esta lectura es que la revolución cosmológica partió también de una intuición mística.

Por su parte, Tycho Brahe, al tiempo que mapeaba las estrellas del firmamento, estudiaba la transmutación de los metales. Johannes Kepler no buscaba formular las leyes del movimiento planetario, sino hallar la Música de las Esferas, convencido de que Dios había creado el cosmos bajo una armonía geométrica y musical perfecta. Si Copérnico fue el teórico y el místico-matemático, Galileo fue el observador, el experimentalista y el divulgador combativo. Apuntó su telescopio al cielo, vio las lunas de Júpiter y las fases de Venus, y afirmó que la naturaleza era un “libro escrito en caracteres matemáticos”.

El siglo XVII estalla con la utopía de una reforma espiritual y científica global. A través de figuras como Fludd, el hermetismo se presenta como una gran síntesis del saber humano, donde la música, la medicina y la cosmología se unificaban en un solo mapa de la realidad; es ahí donde se sitúan los Manifiestos Rosacruces.

En plena Revolución Inglesa, astrólogos de Estado como William Lilly o alquimistas como Thomas Vaughan muestran que la observación empírica y la mística interior no estaban reñidas, mientras coleccionistas como Elias Ashmole salvaguardaban el legado hermético antes de que la naciente ciencia racionalista lo relegara.

El clímax del libro analiza la aparente paradoja de la modernidad. Boyle, el «padre de la química», pasó buena parte de su vida buscando la transmutación alquímica. Newton dedicó una enorme cantidad de tiempo a la alquimia y al estudio del Templo de Salomón. De hecho, su concepto de la gravedad —una fuerza que actúa invisiblemente a distancia— fue inicialmente rechazado por algunos racionalistas franceses por considerarlo un concepto “demasiado mágico”.

El hermetismo aportó a la ciencia el motor de la curiosidad ilimitada, la confianza en que el universo es coherente e inteligible y la convicción de que existen leyes invisibles gobernando la materia visible. Separar la ciencia de su dimensión trascendente y espiritual no la hizo necesariamente más libre; también contribuyó a convertirla en una técnica utilitaria, privando al ser humano de una determinada experiencia de lo sagrado, entendida de formas muy distintas según la época: divinidades múltiples, un único Dios, un demiurgo o la propia geometría del universo.

¿Dónde estaría el mundo de no ser por esos extraños pasatiempos, ideas y fundamentos? Esos sabios están ahí para sostener la tesis de Pitarch. Mi conclusión tras la lectura es la misma que antes de la lectura, para qué engañaros: cuando el científico no reduce la realidad a una visión exclusivamente materialista y contempla el universo con capacidad de asombro, su horizonte intelectual se amplía.

Una bofetada a toxicidades varias de nuestro tiempo

Esto no lo dice Pitarch, lo digo yo. El libro es un ejercicio de justicia histórica y un bálsamo de cordura intelectual. Nos devuelve un pasado donde la razón y el misterio se abrazaban sin miedo y arrebata con elegancia y rigor los símbolos sagrados de las garras de los extremistas, los negacionistas, los conspiranoicos y los iluminados adscritos a corrientes identitarias que pretenden apropiarse de los símbolos tradicionales y la mitología para avalar sus tesis, excluyendo todo aquello que no les interesa (y que está, negro sobre blanco, en el libro).

No es nuevo: los ideólogos reaccionarios del siglo XX intentaron utilizar el rechazo a la modernidad para justificar el odio, el etnonacionalismo, la intolerancia y la creación de jerarquías sociales excluyentes. No es nuevo, pero en el primer cuarto del siglo XXI esas ideas encuentran un inmenso altavoz en las redes sociales y oídos dispuestos a escucharlas. La respuesta que ofrece este libro resulta demoledora. Ojalá lo lean y dejen de alimentar a su rebaño con esoterismo de pacotilla.
Reyes Muñoz.

https://experpento.com/hermetismo-y-ciencia-de-alberto-pitarch/